Y tú eres esa lluvia que preña los campos,
la luz que termina por adormecer
el silencio de la tarde,
el relampaguear de brillos estelares,
y el dulce dolor de la esperanza.
Siempre te he soñado,
mucho antes del principio de mis días,
antes de buscarte por el sueño de mis noches,
bajo las eternas y tristes soledades.
Al final del camino
sé que me espera la muerte como a todos,
pero como a nadie te he amado,
gritando tu nombre en las alturas,
soñando tu nombre en los abismos de la noche,
rezando tu nombre en el silencio de las profundidades.
Al final del camino podré decir,
sin temor a equivocarme,
que siempre te he amado.