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Cuatro
veces hasta hoy he mirado a la Muerte a la cara. Y cuatro veces la Muerte
ha retirado su mirada y me ha dejado pasar. En cualquier caso, por supuesto,
la Muerte de reclamara -tal como hace con todos nosotros. Es sólo
una cuestión de cuando y como.
He
aprendido mucho sobre nuestros encuentros -especialmente sobre la belleza
y dulce patetismo de la vida, sobre el valor inapreciable de amigos y
familia, sobre el poder de transformación del amor. De hecho, morir
es casi positivo, una experiencia que fortalece a la persona y que yo
recomendaría a todo el mundo -excepto, por supuesto, por el elemento
inevitable de riesgo.
Me
encantaría creer que cuando muera viviré de nuevo,
que alguna parte de mis pensamientos, sentimientos o recuerdos continuarán.
Pero a pesar de lo que me gustaría creerlo, y de las antiguas tradiciones
culturales a lo largo de todo el mundo que aseguran la vida tras la vida,
no se de nada que me sugiera que esto es algo más que una forma
de pensar optimista.
Quiero
envejecer con mi mujer, Annie, la cual adoro. Quiero ver a mis jóvenes
hijos crecer y quiero jugar un papel en su desarrollo personal e intelectual.
Quiero conocer a mis nietos aun no concebidos. Hay problemas científicos,
de cuyos descubrimientos querría ser testigo -como la exploración
de muchos de los mundos de nuestro sistema solar y la búsqueda
de vida exterior. Quiero aprender como funcionan las mayores cuestiones
en la historia de la humanidad, preocupantes o esperanzadoras: los peligros
y promesas de la tecnología; la emancipación de la mujer;
el crecimiento y ascendencia económica y tecnológica de
china; los vuelos interestelares.
Si
hubiera vida tras la muerte, no importaría morir, satisfaría
la mayoría de esas profundas curiosidades. Pero si la muerte no
es más que el fin, el sueño sin sueños, esto no sería
más que un desesperado anhelo. Quizás esta perspectiva me
de una pequeña motivación extra para permanecer vivo.
El
mundo es tan exquisito, con tanto amor, que no hay razón para engañarnos
con bonitas historias para las cuales hay bien pocas evidencias. Es mucho
mejor, me parece a mi, que en nuestra vulnerabilidad, miremos
a la Muerte a la cara y seamos agradecidos cada día por la breve
pero magnífica oportunidad que la vida nos ofrece.
Tengo
cerca de mi espejo, de tal forma que la veo todas las mañanas,
una postal. En la parte de atrás hay escrito a lapiz un mensaje
al Sr. James Day, en el Valle Swansea, Gales. Dice:
Querido
amigo,
Solo
una linea para mostrar que estoy vivo y coleando, y envejeciendo. Es una
invitación.
Con
cariño.
WJR
Está
firmado con las casi indescriptibles iniciales de William John Rogers.
En la parte de delante hay una foto en color de un vapor, con cuatro chimeneas
llamado "White Star Liner Titanic". El matasellos fue impreso
el día antes de que el gran barco se hundiera, con más de
1500 vidas, incluida la de Mr. Rogers. Annie y yo la miramos por una razón.
Sabemos que "envejeciendo" puede ser el estado más temporal
e ilusorio. Por eso tenemos esa postal.
Estabamosmos
en aparente buena salud, nuestro niños progresaban. Escribiamos
libros, nos embarcamos en ambiciosos proyectos de televisión y
cine, leíamos, y yo continuaba relacionado con las más excitantes
investigaciones científicas.
Mirando
la postal una mañana a finales de 1994, Annie se dio cuenta de
una fea marca negro-azulada en my brazo que estaba allí algunas
semanas. "¿Por qué no se ha ido?" preguntó.
Por su insistencia, y algo reacio (las marchas negro-azuladas no pueden
ser nada serio, ¿no?) fuí al médico a hacerme algunos
análisis de sangre rutinarios.
Recibimos
los resultados y unos días despues estabamos en Austin. El médico
estaba preocupado. Claramente debía haber un error del laboratorio.
El análisis mostraba la sangre de una persona muy enferma. "Por
favor, ", urgió, " hagámoslos de nuevo".
No hubo error.
Mis
glóbulos rojos, que transportan oxígeno por todo el cuerpo,
y mis glóbulos blancos, que luchan contra las enfermedades, estaban
severamente agotados. La explicación más probable: había
un problema con las células primarias. El origen común de
ambos glóbulos, blancos y rojos, que se generan en la médula
ósea. El diagnóstico fue confirmado por expertos en la materia.
Tenía una enfermedad de la que nunca había oido hablar:
mielodisplasis. Su origen es desconocido. Si no hacía
nada, estaba conmocionado al descubrirlo, mis
esperanzas eran cero. Estaría muerto en seis meses.
Todavía me sentía bien -quizás un poco mareado de
vez en cuando. Era activo y productivo. Pensar
que estaba a las puertas de la muerte parecía una broma grotesca.
Sólo
había un tratamiento conocido que podría curarme: un transplante
de médula. Pero esto sólo funcionaría si encontraba
un donante compatible. Incluso entonces, mi sistema inmunitario debería
haber sido enteramente suprimido para que la médula del donante
no fuera rechazada por mi cuerpo. De cualquier modo, una supresión
inmunitaria severa podría matarme de varias formas adicionales
-por ejemplo, limitando mi resistencia a la enfermedad .... podría
caer presa de cualquier microbio. Por un momento, pensé sobre no
hacer nada y esperar que la investigación médica encontrara
una nueva cura. Pero esta era una esperanza mínima.
Todas
nuestras averiguaciones sobre donde ir convergieron en el Centro Fred
Hutchinson de Investigación del Cancer, uno de los centros punteros
para transplantes de médula en el mundo. Es donde muchos expertos
en el campo cuelgan sus batas -y sobre todos ellos E. Donnall Thomas,
ganador del Nobel de Medicina de 1990 por perfeccionar las técnicas
actuales de transplante de médula. La alta profesionalidad de los
doctores y enfermeras, sus excelentes cuidados, justificaban sobradamente
los consejos que recibimos sobre ser tratado en "el Hutch".
El
primer paso era ver si podíamos encontrar un donante. Algunos no
encuentran uno nunca. Annie y yo llamamos a mi única hermana, Cari.
Fuí elusivo e indirecto, Cari ni siquiera supo que estaba enfermo.
Antes de que llegara al asunto, dijo, "Lo
tienes. Lo que sea... hígado ...pulmón... es tuyo",
aun se me pone un nudo en la garganta cada vez que pienso en la generosidad
de Cari.
Pero,
por supuesto, no había garantía de que su médula
fuera compatible con la mía. Ella pasó una serie de pruebas,
una tras otra, los seis factores de compatibilidad encajaban. Era perfecta.
Fuí increiblemente afortunado.
Pero
"afortunado" es un término comparativo. Incluso con compatibilidad
perfecta, mis posibilidades completas de cura estaban sobre el 30 por
ciento. Esto es como jugar a la ruleta rusa con cuatro balas en el cilindro,
en lugar de una. Pero era, de lejos, la mejor oportunidad que tenía,
y ya me había enfrentado a grandes retos en el pasado.
Toda
nuestra familia se mudó a Seattle, incluidos los padres de Annie.
Disfrutamos de un flujo constante de visitantes -los niños, mi
hijo mayor, otros familiares y amigos- ya en el hospital, ya convaleciente.
Estoy seguro que el apoyo y amor recibidos, especialmente por Annie, inclinaron
las apuestas a mi favor.
Hubieron,
como podreis imaginar, muchos aspectos temibles. Recuerdo una noche, bajo
instrucciones médicas, levantándome a las 2 de la madrugada
y abriendo el primero de 12 contenedores plásticos de pastillas
de busulfano, un potente agente de quimioterapia. La bolsa decía:
"Medicina de quimioterapia. Biotóxico.
Tóxico. Deshecharlo como BIOTÓXICO". Una
tras otra, me tomé 72 de esas píldoras. Una cantidad letal.
Si no recibía el transplante pronto tras aquello, esta terapia
de supresión inmunitaria podría haberme matado. Era como
si tomara uno de esos venenos fatales, arsénico o cianuro, esperando
que me pusieran el antídoto a tiempo.
Las
medicinas para suprimir mi sistema inmune tenían pocos efectos
directos. Estaba en un estado contínuo de nausea moderada, pero
fué controlado por otros medicamentos, y no era tan malo como para
no poder sobrellevarlo. Perdí casi todo mi pelo -el cual, junto
con una pérdida posterior de peso, me dió un aspecto cadavérico.
Fue chocante cuando nuestro hijo de cuatro años, Sam, me miró
y dijo, "Bonito corte de pelo, papi"
y despues, "No se nada de que estas enfermo. Pero se que te vas a
poner mejor".
Creía
que el transplante en sí mismo iba a ser enormemente doloroso.
Nada de eso. Fué como una transfusión de sangre, con las
células medulares de mi hermana buscando su lugar en mi propia
médula. Algunos aspectos del tratamiento eran muy dolorosos, pero
hay una clase de amnesia traumática, tal que cuando todo ha pasado,
casi olvidas el dolor. El Hutch tenía una política de drogas
auto-administradas, incluyendo derivados de la morfina, de modo que yo
podía actuar inmediatamente en caso de dolor severo, lo cual hizo
la experiencia mucho más llevadera.
Al
final del tratamiento, mis glóbulos rojos y blancos eran principalmente
los de Cari. Sus cromosomas sexuales eran XX, en lugar de los del resto
de mi cuerpo que eran XY. Tenía glóbulos rojos y blancos,
y plaquetas, femeninos circulando por mi cuerpo. Esperaba que me aparecieran
alguno de los intereses de Cari -pasión por montar a caballo, o
por ver media docena de representaciones de Broadway de golpe- pero esto
nunca ocurrió.
Annie
y Cari salvaron mi vida. Siembre les estaré agradecido por su amor
y compasión. Despues de salir del hospital, necesité toda
clase de atenciones médicas, incluyendo la administración
de medicamentos varias veces al día a través de un catéter
en mi vena cava. Annie fue mi "enfermera dedicada" -medicándome
noche y día, cambiando mi ropa, comprobando mis constantes vitales
y dándome apoyo. A la gente que llega sola al hospital le dicen,
comprensiblemente, que tienen una esperanza mucho menor.
Fue
sufragado tambien por el seguro médico de la Universidad de Cornell,
y (como beneficio matrimonial a través de Annie) por el "Writers
Guild of America" -la organización de gionistas de cine, televisión,
etc. Hay decenas de organizaciones en América sin tales seguros
médicos. ¿Qué hubieramos hecho si estuvieramos en
su pellejo?
En
mis escritos, he intentado mostrar lo cerca que estamos relacionados con
otros animales, cuan cruel es infligirles dolor gratuitamente, y la ruina
moral de su matanza para, por ejemplo, fabricar lapiz de labios. Pero
aun así, tal como el Dr. Thomas puso en su lectura del Premio Nobel,
"El injerto de médula no habría alcanzado aplicación
clínica sin investigación en animales, primero ratones de
laboratorio y luego en otras especies, en especial el perro." Este
tema me causaba un grave conflicto. No estaría
vivo hoy si no fuera por la investigación con animales.
Conforme
la vida volvía a la normalidad. Annie y nuestra familia volvieron
a Ithaca, NuevaYork, donde vivimos. Completé varios proyectos de
investigación e hize última revisión de mi libro,
"The Demon Haunted World: Science as a Candle in the Dark".
Nos entrevistamos con Bob Zemekis, el nuevo director de la película
de la Warner Brothers, Contact, basada en mi novela, que estábamos
coproduciendo. Empezamos a negociar algunos proyectos nuevos de televisión
y cine. Participé en las primeras etapas del encuentro con Júpiter
de la nave Galileo.
Pero
si hubo una lección que aprendí, es que el futuro es impredecible.
Tal como William John Rogers, escribiendo contento su postal en el aire
puro del Atlántico Norte, penosamente descubrió, no
hay forma de saber que nos trae el futuro, incluso el inmediato.
Y así, despues de estar en casa unos meses -creciendo mi pelo,
volviendo a mi peso normal, con mis recuentos celulares en rangos normales
y yo sientiéndome espléndidamente- otro análisis
rutinario de sangre retiró el viento de mis velas.
"Me
temo que tengo malas noticias", dijo el médico.
Mi médula revelaba la presencia de una nueva población de
células peligrosas, reproduciéndose rápidamente.
En dos días, la familia entera estaba de vuelta a Seattle. Estoy
escribiendo este artículo desde mi cama de hospital en el Hutch.
Mediante un procedimiento experimental, se determinó que esas células
anómalas carecían de una enzima que las protegría
de dos agentes de quimioterapia estandares -medicinas que no me habían
dado anteriormente. Tras una sesión con esos agentes, no quedaba
en mi médula ni una sóla célula anómala. Estoy
en medio de dos sesiones más de quimioterapia, para eliminar todas
las que restan en mi cuerpo (pueden ser pocas, pero crecen muy rápidamente),
probablemente para ser rescatado con algunas células más
de mi hermana. Una vez más, tengo una esperanza real de curarme
completamente.
Todos
tenemos tendencia a sucumbir en un estado de desesperación por
la miopía y la capacidad de destrucción de la especia humana.
I’ve certainly done my share (and on grounds I still consider well-based).
Pero uno de mis descubrimientos durante mi enfermedad es la extraordinaria
bondad de la comunidad, a la que la gente en mi situación debe
sus vidas.
Hay
más de dos millones de americanos en el registro voluntario del
Programa Nacional de Donantes de Médula, todos deseando someterse
a una, cuanto menos inconfortable, extracción de médula,
para beneficiar a un perfecto extraño. Millones más contribuyen
con su sangre a la Cruz Roja americana, por una recompensa no monetaria,
ni siquiera un billete, para salvar vidas anónimas.
Científicos
y técnicos trabajan años -contra bajas probabilidades, a
menudo por bajos salarios, y siempre sin garantía de éxito.
Tienen muchas motivaciones, pero una de ellas es la esperanza de ayudar
a otros, curar enfermedades, o ... Cuando demasiado cinismo amenaza con
engullirnos, es gratificante recordar cuan penetrante es la bondad.
Cinco
mil personas rezaron por mi
en un servicio en la Catedran de Sr. John the Divine, en la ciudad de
New York, la más grande de la cristiandad. Un sacerdote Hindú
me contó una larga vigilia de oración mantenida por mi en
las orillas del Ganges. El Iman de Norte América me contó
sus rezos por mi recuperación. Muchos cristianos y judíos
me escribieron para contarme los suyos. Aunque no creo que, si hay un
dios, altere sus planes para mí por rezar, estoy mucho más
agradecido de lo que pueda decirles a quienes me han apoyado durante mi
enfermedad -incluyendo aquellos que nunca he conocido,
Muchos
de ellos me han preguntado sobre si es posible enfrentarse a la muerte
sin la certeza de una vida posterior.
Lo único que puedo decir es que no ha sido un problema. Con reservas
sobre "debil espíritu", comparto el punto de vista de
un héroe mío , Albert
Einstein: "no puedo concebir un dios
que recompensa y castiga a sus criaturas o tiene un deseo de la clase
que nosotros experimentamos en nosotros mismos. Tampoco puedo -ni quiero-
concebir que un individuo sobreviva su muerte física. Dejad a las
almas débiles, desde el miedo por un egoismo absurdo, que acaricien
tales pensamientos. Estoy safisfecho con el misterio de la eternidad de
la vida y de ojear a maravillosa estructura del mundo, junto con la esforzada
dedicación a comprender una porción, aun pequeña,
de la Razón que se manifiesta a sí misma en la naturaleza."
Carl Sagan, 1996
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