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Con
su optimismo característico frente a una ambigüedad inquietante, Carl concluye
así esta obra suya, prodigiosa, apasionada y asombrosamente original, en la que
salta con audacia de una ciencia a otra.
Tan
sólo unas semanas después, a comienzos de diciembre, se sentó a la mesa para
cenar y observó, con un gesto de extrañeza, su plato favorito. No sentía
apetito. En tiempos mejores, mi familia siempre se había enorgullecido de lo
que llamábamos «wodar», un mecanismo interno que escruta incesantemente el
horizonte a la búsqueda de los primeros indicios de un próximo desastre.
Durante nuestros dos años en el valle de las sombras, el wodar había
permanecido siempre en estado de alerta máxima. En esa montaña rusa de
esperanzas que se desplomaban, se alzaban y volvían a caer, incluso la más leve
alteración de un solo aspecto de la condición física de Carl hacía sonar todos
los timbres de alarma.
Nuestras
miradas se cruzaron fugazmente. De inmediato comencé a dar forma a una
hipótesis benigna para explicar aquella súbita falta de apetito. Como de
costumbre, razoné que no debía de guardar ninguna relación con la enfermedad,
que sólo debía de tratarse de un desinterés pasajero por la comida en el que
una persona sana jamás repararía. Carl consiguió esbozar una sonrisa y dijo:
«Quizá.» Sin embargo, a partir de aquel momento tuvo que obligarse a comer y
sus fuerzas menguaron visiblemente. Pese a todo, insistió en cumplir un
compromiso contraído hacía ya tiempo y pronunciar aquella misma semana dos
conferencias en el área de la bahía de San Francisco. Cuando regresó a nuestro
hotel tras la segunda charla estaba exhausto. Llamamos a Seattle.
Los
médicos nos apremiaron a volver de inmediato al Hutch. Me aterraba tener que
decir a Sasha y a Sam que no regresaríamos a casa al día siguiente, como les
habíamos prometido; que en lugar de ello haríamos un cuarto viaje a Seattle,
lugar que se había convertido para nosotros en sinónimo de horror. Los chicos
se quedaron de una pieza. ¿Cómo disipar convincentemente sus temores de que
aquello podía acabar, al igual que en las tres ocasiones anteriores, en otra
estancia de seis meses lejos de casa o, según sospechó Sasha, en algo mucho
peor? Una vez más recurrí a mi mantra estimulante: «Papá quiere vivir. Es el
hombre más valiente y fuerte que conozco. Los médicos son los mejores que hay
en el mundo ... » Sí, tendríamos que postergar la Hanuca- pero en cuanto papá
se restableciera...
Al
día siguiente, en Seattle, una radiografía reveló que Carl padecía una neumonía
de causa desconocida. Los repetidos análisis no lograron determinar si su
origen era bacteriano, viral o fúngico. La inflamación de sus pulmones
constituía tal vez una reacción tardía a la dosis letal de radiaciones que
había recibido seis meses antes como preparación para el último trasplante de
médula ósea. Unas grandes dosis de esteroides sólo consiguieron aumentar sus
sufrimientos y no hicieron ningún bien a sus pulmones. Los médicos empezaron a
prepararme para lo peor. A partir de entonces, cuando iba por los pasillos del
hospital encontraba en los rostros familiares del personal expresiones harto
diferentes. Me esquivaban y rehuían mi mirada. Era preciso que viniesen los
chicos. Cuando Carl vio a Sasha, pareció operarse en su condición un cambio
milagroso. «Bella, bella Sasha exclamó-. No sólo eres bella, sino también
maravillosa.» Le dijo que si conseguía sobrevivir sería en parte por la fuerza
que le brindaba su presencia. Durante unas cuantas horas los monitores del
hospital registraron lo que parecía un cambio completo. Mis esperanzas
aumentaron, pero en el fondo no podía dejar de advertir que los médicos no
compartían mi entusiasmo. Vieron aquella momentánea recuperación como lo que
era, «veranillo de otoño», la breve pausa del organismo antes de su pugna
final.
-Esto
es un velatorio -me dijo serenamente Carl-. Voy a morir.
-No
-protesté-. Lo superarás como ya hiciste antes, cuando parecía que no quedaban
esperanzas.
Se
volvió hacia mí con el mismo gesto que yo había contemplado incontables veces
en las discusiones y escaramuzas de nuestros 20 años de escribir juntos y de
amor apasionado. Con una mezcla de buen humor y escepticismo, pero, como
siempre, sin vestigio de autocompasión, repuso escuetamente:
-Bueno,
veremos quién tiene razón ahora.
Sam,
de cinco años ya, fue a ver a su padre por última vez. Aunque Carl luchaba por
respirar y le costaba hablar, consiguió sobreponerse para no asustar al menor
de sus hijos.
-Te
quiero, Sam -fue todo lo que logró musitar.
-Yo
también te quiero, papá -dijo Sam con tono solemne.
Desmintiendo
las fantasías de los integristas, no hubo conversión en el lecho de muerte, ni
en el último minuto se refugió en la visión consoladora de un cielo o de otra
vida. Para Carl, sólo importaba lo cierto, no aquello que sólo sirviera para
sentirnos mejor. Incluso en el momento en que puede perdonarse a cualquiera que
se aparte de la realidad de la situación, Carl se mostró firme. Cuando nos
miramos fijamente a los ojos, fue con la convicción compartida de que nuestra
maravillosa vida en común acababa para siempre.
Todo
comenzó en 1974, en una cena que ofrecía Nora Ephron en Nueva York. Recuerdo lo
guapo que me pareció Carl, con su deslumbrante sonrisa y la camisa remangada.
Hablamos de béisbol y de capitalismo, y me asombró hacerle reír de tan buena
gana. Pero Carl estaba casado y yo prometida a otro hombre. Los cuatro
empezamos a salir, intimamos y pronto empezamos a trabajar juntos. En las
ocasiones en que Carl y yo nos quedábamos solos, la atmósfera era eufórica y
electrizante, pero ninguno de los dos reveló un atisbo de sus verdaderos
sentimientos. Habría sido impensable.
A
comienzos de la primavera de 1977, la NASA invitó a Carl a crear una comisión
para seleccionar el contenido del disco que llevaría cada uno de los vehículos
espaciales Voyager 1 y 2. Tras un ambicioso reconocimiento de los planetas
exteriores y de sus satélites, la gravitación expulsaría del sistema solar las
dos naves. Se presentaba, pues, la oportunidad de enviar un mensaje a posibles
seres de otros mundos y épocas. Podría ser algo mucho más complejo que la placa
que Carl, su esposa Linda Salzman y el astrónomo Frank Drake habían incluido en
el Pioneer 10. Aquello fue un primer paso, pero se trataba esencialmente de una
placa de matrícula. En el disco de los Voyager figurarían saludos en 60 lenguas
humanas, el canto de una ballena, un ensayo sonoro sobre la evolución, 116
fotografías de la vida en la Tierra y 90 minutos de música de una maravillosa
diversidad de culturas terrestres. Los técnicos calcularon que aquellos discos
de oro podrían durar 1.000 millones de años.
¿Cuánto
es un millar de millones de años? Dentro de 1.000 millones de años los
continentes de la Tierra habrán cambiado tanto que no reconoceríamos la
superficie de nuestro propio planeta. Hace 1.000 millones de años las formas
más complejas de la vida en la Tierra eran bacterias. En plena carrera
armamentística, nuestro futuro, incluso a corto plazo, parecía una perspectiva
dudosa. Quienes tuvimos el privilegio de crear el mensaje de los Voyager
obramos con la sensación de realizar una misión sagrada. Resultaba concebible
que, al estilo de Noé, estuviésemos construyendo el arca de la cultura humana,
el único artefacto que sobreviviría en un futuro inimaginablemente remoto.
Durante
mi ardua búsqueda del más valioso fragmento de música china, telefoneé a Carl y
le dejé un mensaje en su hotel de Tucson, adonde había acudido para pronunciar
una conferencia. Una hora más tarde sonó el teléfono en mi apartamento de
Manhattan. Descolgué y oí su voz:
-Acabo
de volver a mi habitación y he encontrado un mensaje que decía «Llamó Annie»;
entonces me pregunté: «¿Por qué no habrá dejado ese mensaje hace diez años?»
-Pensaba
hablarte de eso, Carl -respondí con tono de broma. Y luego más seria añadí-:
¿Para siempre?
-Sí,
para siempre -respondió con ternura-. ¿Quieres casarte conmigo?
-Sí
-contesté.
En
aquel momento experimentamos lo que debe de sentirse al descubrir una nueva ley
de la naturaleza. Era un eureka, el momento de la revelación de una gran
verdad, que confirmarían incontables pruebas a lo largo de los 20 años
siguientes. Sin embargo, suponía también asumir una responsabilidad ¡limitada.
¿Cómo podría volver a sentirme bien fuera de ese mundo maravilloso una vez que
lo había conocido? Era el 1 de junio, la fiesta de nuestro amor. Luego, cuando
uno de los dos se mostraba poco razonable con el otro, la invocación del 1 de
junio solía hacer entrar en razón a la parte ofensora. . Antes, en otra
ocasión, había preguntado a Carl si uno de esos supuestos extraterrestres de
dentro de 1.000 millones de años sería capaz de interpretar las ondas
cerebrales del pensamiento de alguien. «¡Quién sabe! Mil millones de años es
mucho, muchísimo tiempo. ¿Por qué no intentarlo, suponiendo que será posible?»,
fue su respuesta.
Dos
días después de aquella llamada telefónica que cambió nuestras vidas, fui a un
laboratorio del hospital Bellevue, de Nueva York, y me conectaron a un
ordenador que convertía en sonidos todos los datos de mi cerebro y de mi
corazón. Durante una hora había repasado la información que deseaba transmitir.
Empecé pensando en la historia de la Tierra y de la vida que alberga. Del mejor
modo que pude intenté reflexionar sobre la historia de las ideas y de la
organización social humana. Pensé en la situación en que se encontraba nuestra civilización
y en la violencia y la pobreza que convierten este planeta en un infierno para
tantos de sus habitantes. Hacia el final me permití una manifestación personal
sobre lo que significaba enamorarse.
Carl
tenía mucha fiebre. Seguí besándolo y frotando mi cara contra su ardiente
mejilla sin afeitar. El calor de su piel era extrañamente tranquilizador.
Quería que su vibrante ser físico se convirtiera en un recuerdo sensorial
grabado en mí de manera indeleble. Me debatía entre el afán de animarlo a luchar
y el deseo de verlo libre de la tortura de todos los aparatos que lo mantenían
con vida y del demonio que llevaba dos años atormentándolo.
Llamé
por teléfono a Cari, su hermana, que tanto de sí misma había dado para evitar
ese desenlace, a sus hijos mayores, Dorion, Jeremy y Nicholas, y a su nieto
Tonio.
Unas
semanas antes, todos los miembros de la familia habíamos celebrado juntos el
Día de Acción de Gracias en nuestra casa de Ithaca. Por decisión unánime fue el
mejor Día de Acción de Gracias que jamás conocimos. Nos separamos encantados.
En aquella reunión reinó entre nosotros una autenticidad y una intimidad que
nos brindaron un sentido mayor de nuestra unidad. Luego coloqué el auricular
cerca del oído de Carl para que pudiese escuchar, una tras otra, las despedidas
de todos.
Nuestra
amiga la escritora y productora Lynda Obst se apresuró a venir de Los Ángeles
para estar con nosotros. Lynda se hallaba en casa de Nora aquella noche
maravillosa en que Carl y yo nos conocimos. Había sido testigo, mas que
cualquier otra persona, de nuestras colaboraciones tanto personales como
profesionales. Como productora original de la película Contacto, trabajó en
estrecha colaboración con nosotros durante los 16 años que costó hacer realidad
aquel empeño.
Lynda
había observado que la perpetua incandescencia de nuestro amor ejercía una
especie de tiranía sobre aquellos de nuestro entorno que no tuvieron tanta
fortuna en la búsqueda de un alma gemela; pero en vez de molestarle nuestra
relación, a Lynda le entusiasmaba tanto como a un matemático un teorema de
existencia, algo que demostrase que una cosa era posible. Solía llamarme Miss
Hechizo. Carl y yo disfrutábamos intensamente de los ratos que pasábamos con
ella, entre risas, hablando hasta bien entrada la noche de ciencia, filosofía,
chismes, cultura popular, de todo. Esa mujer que había ascendido con nosotros,
que me acompañó el día deslumbrante en que elegí mi vestido de novia, estuvo a
nuestro lado cuando nos dijimos adiós para siempre.
Durante
días y noches, Sasha y yo nos habíamos relevado junto a Carl, murmurándole
palabras reconfortantes al oído. Sasha le expresó cuánto le quería y todo lo
que haría en su vida para enaltecerlo. «Un hombre magnífico, una vida
maravillosa -le dije una y otra vez-. Bien hecho. Te dejo partir con orgullo y
alegría por nuestro amor. Sin miedo. Primero de junio. Uno de junio. Para
siempre...»
Mientras
realizo en pruebas de imprenta los cambios que Carl temía que fuesen
necesarios, su hijo Jeremy está en el piso de arriba, dando a Sam su lección
nocturna con el ordenador. Sasha se halla en su habitación, dedicada a sus
tareas escolares. Las naves Voyager, con sus revelaciones sobre un minúsculo
mundo favorecido por la música y el amor, se encuentran más allá de los
planetas exteriores, rumbo al mar abierto del espacio interestelar. Vuelan a
65.000 kilómetros por hora hacia las estrellas y un destino que sólo podemos
soñar. Estoy rodeada de cajas llenas de cartas procedentes de todo el planeta.
Son de personas que lloran la pérdida de Carl. Muchas le atribuyen su
inspiración. Algunas afirman que el ejemplo de Carl las indujo a trabajar por
la ciencia y la razón contra las fuerzas de la superstición y el integrismo.
Esos pensamientos me consuelan y alivian mi angustia. Me permiten sentir, sin
recurrir a lo sobrenatural, que Carl aún vive.
ANN DRUYAN, 1997