En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme ...


no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero,
adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años;
era de complexión recia, seco de carnes,
enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso,
que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías,
con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio
de la caza, y aun la administración de su hacienda.
La razón de la sinrazón que a mi razón se hace,
de tal manera mi razón enflaquece,
que con razón me quejo de la vuestra fermosura.
Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente
con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del
merecimiento que merece la vuestra grandeza».
EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA