PECES DE CIUDAD

Joaquín Sabina







El Dorado era un champú,

la virtud unos brazos en cruz,

el pecado una página web.



En Komala comprendí

que al lugar donde has sido feliz

no debieras tratar de volver.



Cuando en vuelo regular,

pisé el cielo de Madrid,

me esperaba una recién casada

que no se acordaba de mí.



Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel

por mis sueños va ligero de equipaje

sobre un cascarón de nuez

mi corazón de viaje,

luciendo los tatuajes

de un pasado bucanero,

de un velero al abordaje,

de un liguero de mujer.



Y cómo huir cuando no quedan islas

para naufragar

al país donde los sabios

se retiran del agravio

de buscar labios

que sacan de quicio.



Mentiras que ganan juicios

tan sumarios que envilecen

el cristal de los acuarios

de los peces de ciudad,

que perdieron las agallas

en un banco de morralla,

que lloran por no llorar.